Ofrecer resistencia al ego, solo le alimenta!
Aún cuando pasamos vidas enteras, en la búsqueda de un algo que desde una mente finita es imposible concebir, me resuenan una y otra vez estas palabras “ Todo lo que hay es la consciencia”
Hace un tiempo sentí una de las experiencias más fuertes de mi vida, en este tiempo y espacio en el cual se ha desarrollado mi proceso de existencia he presenciado muchas adversidades que sacaría de quicio al general de los humanos, he experimentado momentos de profunda paz en medio de guerras emocionales, aún cuando difícilmente me identificaba con la ira o la ignorancia de los demás, hasta que un día después de llevar trabajando y sirviendo al mundo por más de 10 años me sentía casi inmune a las crisis humanas.

Hasta que empezó a desmoronarse todas mis ideas, de igual manera que un castillo de arena el pensamiento empezó a desaparecer y desperté a una profunda tristeza, siempre me observé y me dejé llevar, pero este momento era diferente no podía ver nada, una especie de mutismo me atrapaba no sentía emociones y arrasaba como una tormenta de verano impredecible, aparentemente no existía razón alguna para estar así, me levantaba cada mañana con mi “vida resuelta, casi ideal dentro del concepto mental y abundante “ No tenía nada más que hacer que estar conmigo misma, mi yo con mi Yo, un proceso de comunión-disolución una especie de destrucción desprovista de violencia de mi yo psicológico que se desmoronaba lentamente y sin pausa, no intentaba darle respuesta, encontrarle un sentido, simplemente vivía lo que tenía que vivir, no sentía miedo, zozobra, ira solamente una profunda desazón por el mundo, por lo que ofrecía, estaba ahí para observarla.

Ausente de mente, ausente de estímulo emocional, ausente de esto que era yo misma como identidad física, este sentimiento de “ yo no soy nada” la antesala de la aceptación profunda acerca de no soy el controlador se sentía tan doloroso, siempre repetí “morimos cada día y nacemos también “ y esto era una muerte no cualquier muerte, una caída libre y sin paracaídas, donde no existía un algo que muriese y que podía presentar su propia agonía, su propio limbo sin justificación alguna, una sensación profunda de soledad me invadió en la cual me resguarde por meses, permitiéndome sentirlo. Un mundo sin escenario, sin un intérprete, sin un actor solo eso simpleza pura e infinita absoluta y salvaje, la vida viviéndose en un ordinario mundo mental que había dejado de reflejar las imágenes de su creencia. Un mundo ordinario en un extraordinario mundo, donde las preguntas y las respuestas dejaron de existir para dar paso a todo este espacio donde Yo era todo esto y esto era todo.

El silencio se convirtió en mi más cercano compañero, experimentaba como el aguijón del escorpión se perforaba así mismo, como el veneno lo atravesaba y su veneno era medicina a medida que penetraba de la mente a el campo infinito de la consciencia, es necesario morir para volver a nacer, es necesario soltar para tomar es necesario no ser nada para serlo todo, no había escapatoria de esto que vivía la serpiente mudaba su piel aún con dolor con profunda aceptación, estaba despertando de una especie de hipnosis divina ahora lo divino estaba en todo, soltar el control y entregarse sin oposición como una amada se entrega a su amante donde amante amor se fusionaban y “ yo” no tenía más elección que presenciar mi propia muerte mientras el ego agotaba y la conciencia lo absorbía, m sentía tan indefensa pero no ponía resistencia no tenía siquiera fuerza para hacerlo, no había búsqueda, preguntas, necesidad de respuestas, no había lógica, razón o discernimiento, no había nada que decir, solamente una sensación de entrega de lanzarse a un precipicio donde no tienes idea donde caerás pero en donde tampoco hay forma de salir o huir, un torbellino que te atrapa en su centro en donde una inhalación profunda era todo.

Tatiana Hafner 

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